La Marcha Verde: el intento marroquí por controlar la identidad cultural en el Sáhara Occidental

Por Violeta Ruano

Hoy, hace 40 años, el rey marroquí Hassan II organizó una de las exhibiciones de nacionalismo post-colonial mejor escenificadas de la historia. Fue la Marcha Verde, la manifestación masiva de más de 350,000 civiles marroquíes, presuntamente desarmados, quienes cruzaron, la mayoría a pie o en gigantescos camiones, los casi 600km que separan Agadir (sur de Marruecos) de la frontera oficial entre Marruecos y el entonces Sáhara Español (ahora Sáhara Occidental), llevando a cuestas banderas marroquíes, fotos del monarca y koranes.

En respuesta a una llamada pública de su rey unos días antes (y la promesa de trabajo, casas y terrenos gratuitos) los manifestantes se habían puesto la tarea de liberar al Sáhara de forma pacifica del yugo colonial y, al mismo tiempo, anexionar el territorio y todos sus recursos naturales (i.e. fosfatos, ricos bancos de pesca y potencialmente petróleo) a Marruecos en base a unos supuestos lazos históricos entre los dos países. Esto era parte de los planes de Hassan II de reunificar lo que él llamaba el Gran Marruecos (Marruecos, Sáhara Occidental, Mauritania y partes de Argelia y Mali), una estrategia que había cobrado prioridad en la agenda del reino desde que Marruecos consiguiera su independencia de Francia en 1956. Esta declaración, sin embargo, había sido rechazada por el Tribunal Internacional de Justicia en La Haya, el cual el 16 de octubre de 1975 había decretado que los territorios saharianos al sur de Marruecos no habían tenido ningún vínculo de soberanía con los sultanes marroquíes en ningún momento de la historia.

A cubierto de los ojos de la comunidad internacional, la llamada pacífica Marcha Verde se reforzó con más de 20.000 soldados marroquíes que invadieron el territorio, todavía bajo la tutela española, desde el norte. Un tiempo después, su aliado Mauritania entraba en la colonia por el sur. De esta manera, ambos países honraron los secretos Acuerdos Tripartitos que se firmaron en Madrid el 14 de noviembre. A través de estos acuerdos, España había transferido de forma ilegal la administración de su colonia a sus dos vecinos (bajo la ley internacional, ningún poder colonial tiene el derecho de transferir la administración de una colonia a otro país), en vez de comenzar el proceso de descolonización que las Naciones Unidas llevaban más de diez años demandando. A pesar de los acuerdos políticos, los dos ejércitos invasores estaban listos para contrarrestar cualquier posible acción armada de los soldados españoles o, más importante, del naciente movimiento de liberación nacional saharaui, el Frente Polisario. Este grupo guerrillero, formado por estudiantes locales saharauis en mayo de 1973, llevaba ya más de dos años luchando por la independencia del Sáhara Occidental, plantando las semillas de la revolución saharaui.

La invasión extranjera, lejos de ser pacífica, aterrorizó a la población local, forzando a más de 100.000 personas al exilio. Los refugiados saharauis deambularon por el desierto durante más de dos meses mientras eran bombardeados por las fuerzas aéreas marroquíes. Se movían hacia el este del territorio y, finalmente, hacia la frontera argelina, donde se asentaron cerca de la ciudad de Tindouf, justo en medio de una de las regiones más inhóspitas del desierto del Sáhara: la hamada, también conocida como « El Jardín del Diablo ». Esta situación provocó una guerra de 16 años entre Marruecos y el Frente Polisario, la cual terminó con un alto al fuego mediado por las Naciones Unidas en 1991, y la promesa de un referéndum de autodeterminación para los saharauis. Hoy, 24 años después, este referéndum todavía no se ha celebrado y los saharauis siguen esperando una solución para una de las situaciones de refugio más largas en la historia de África.

En Marruecos, cada 6 de noviembre desde 1975 es celebrado como un día de fiesta nacional, conmemorando el coraje y la determinación del pueblo marroquí para liberarse de la opresión colonial. Desde 2013, las autoridades marroquíes han organizado una « Caravana de la Marcha Verde » (“Caravane de la Marche Verte”), una reunión de marroquíes y un grupo de visitantes internacionales que repiten la marcha en coche, motocicleta y cualquier otro medio de transporte, patrocinados por la Asociación Magrebí de Automóbiles Deportivos (AMSA). Los participantes, quienes pagan alrededor de 190€ por tres días de alojamiento, transporte, seguro y productos de merchandise, llevan consigo camisetas de color rojo y verde, imitando la bandera marroquí, así como banderas y otros elementos nacionalistas. La edición de 2015 de la Caravana se lleva desarrollando desde ayer, y se espera que llegue mañana a Al Aaiun, la capital del Sáhara Occidental (lo que Marruecos llama sus provincias del sur, y los saharauis los territorios ocupados). Al mismo tiempo, la Federación Real Marroquí de Vehículos de Época ha organizado una marcha paralela que también se espera que llegue a Al Aaiun mañana.

La Marcha Verde original en 1975, conocida en árabe como Al Massira Al Khadra, estuvo infundida de un aura religioso y de patriotismo que convirtió al rey Hassan II en poco más o menos que una figura divina. Hoy, su hijo Mohamed VI está en El Aaiun, rindiendo honores a su padre (ya muerto) y presidiendo las celebraciones masivas, que incluyen un partido de fútbol reuniendo viejas glorias del deporte como el futbolista argentino Armando Maradona, quien ha sido especialmente invitado para la ocasión. La delegación oficial marroquí estará en Al Aaiun al menos hasta mañana, esperando a que lleguen las caravanas y mostrando su apoyo a los colonos marroquíes que hoy en día sobrepasan a los nativos saharauis en una proporción de cinco a uno.

Muy probablemente en el área circundante, aunque es difícil saberlo debido al bloqueo mediático impuesto sobre el territorio, haya varios cientos de policías marroquíes reprimiendo cualquier intento de la población local de manifestarse en contra de las celebraciones. A lo largo del pasado mes, activistas saharauis a favor de la independencia han denunciado las detenciones arbitrarias y las continuas violaciones de su libertad de movimiento dentro de su propio país.

Aquellos saharauis que no se marcharon al exilio en 1975 han vivido bajo la ocupación marroquí durante los últimos 40 años, viendo como sus hijos e hijas son marroquinizados a la fuerza en las escuelas y reprimidos violentamente en las calles, sufriendo uno de los peores casos de violaciones de derechos humanos del planeta, tal y como lo han denunciado muchas ONGs internacionales como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y el Centro Robert F. Kennedy para la Justicia & los Derechos Humanos.

Es bien sabido que culturalmente hablando los saharauis distan mucho de ser marroquíes. Tradicionalmente, los saharauis del Sáhara Occidental pertenecen a un área geográfica más amplia conocida como Trab el-Bidhân, la cual se extiende desde Wad Noun en el sur de Marruecos hasta el río Senegal al sur, y del este de la región de la hamada en Argelia y Mali hasta la costa Atlántica en el oeste. Los Bidhân, una mezcla de raíces Bereberes, Árabes, Sub-Saharianas y Musulmanas, eran pastores nómadas que vivían en familias, organizados en qabîlas (tribus), y viajaban a través del desierto con sus rebaños de camellos. Aunque algunos se dedicaban al comercio norte-sur y lideraban impresionantes caravanas de camellos a través del desierto – por tanto estableciendo relaciones económicas con una gran diversidad de ciudades y asentamientos en la región – no estaban alineados con ningún gobernante en particular, llevando una vida completamente separada de sus vecinos del norte. Si acaso, los saharauis comparten muchas más similitudes étnicas y culturales con los mauritanos que con los marroquíes.

Hoy en día, la cultura oral y material es uno de los aspectos clave que diferencia a las sociedades marroquí y saharaui. Los saharauis, del mismo modo que los mauritanos, hablan hassâniya – una mezcla única del árabe, bereber znaga y español (versión saharaui) o francés (versión mauritana) – el cual es un medio importante para expresar su identidad. Por el contrario, los marroquíes hablan una versión diferente del árabe, el darija, y la mayoría no entiende el hassâniya.

Las sociedades Bidhân también son reconocibles por sus ropas. De manera bastante diferente a la tradicional chilaba (djellaba) marroquí – un vestido unisex largo y suelto – los hombres saharauis (y mauritanos) visten la darraa – una túnica amplia, sin mangas y abierta por los laterales, normalmente blanca o azul con bordados dorados, la cual se viste con pantalones a juego – y el lizem – un turbante largo que se envuelven alrededor de la cabeza para protegerse del duro clima del desierto – mientras que las mujeres visten la melhfa – una pieza de tela colorida que envuelven alrededor de sí mismas, cubriéndose la cabeza.

Recientemente la melhfa se ha convertido en una representación tan simbólica de la identidad saharaui (y libertad independiente) que en 2009 la famosa cantante saharaui Mariem Hassan, quien murió de cáncer este pasado agosto, fue atacada por un grupo de jóvenes marroquíes en las calles de Barcelona por llevarla, lo que le inspiró a componer la canción “Almalhfa” (Al Aaiun Egdat, 2012).

Además, las celebraciones sociales y fiestas Bidhân tales como las bodas también difieren considerablemente de las marroquíes. Las comunidades nómadas Bidhân tradicionales normalmente celebran los eventos que tienen que ver con el ciclo de la vida en gigantescas tiendas de fiesta conocidas como khayma ar-räg (tienda para el baile). En el campo (badia), estas se colocan en medio del campamento nómada (frig), mientras que en las ciudades hoy en día se colocan normalmente en medio de las calles. Al contrario que las novias marroquíes, quienes suelen vestir una serie de vestidos lujosos, las novias Bidhân suelen vestirse con melhfas de color blanco y/o negro.

En muchas ocasiones, las celebraciones en el Sáhara Occidental y Mauritania son animadas por los iggâwen, músicos hereditarios (similares a los griots de otros países del África Occidental), quienes tocan instrumentos tradicionales como el tambor tbal, el laúd tidinit y el arpa ardín. En particular, no hay ningún instrumento parecido al ardín, el cual lo tocan exclusivamente las mujeres Bidhân, que se pueda encontrar en Marruecos. El las bodas más modernas, los músicos (iggâwen o no) también tocan los teclados y la guitarra eléctrica, como parte del proceso de modernización cultural que ha sido clave en la formación de estados post-coloniales en África a través del pasado medio siglo. Tanto en las festividades tradicionales como en las más modernas, los los hombres y las mujeres siempre llevan sus ropas tradicionales, y las mujeres juegan con sus melhfas cuando bailan al son de la música, cubriéndose la cara momentariamente como símbolo de modestia cuando lanzan sus característicos y festivos ululatos (zgarits).

Sin embargo, en el Sáhara Occidental hoy en día las tradiciones culturales saharauis están en grave peligro debido a la ocupación. Cada año, las autoridades marroquíes fuerzan la celebración de festivales y eventos nacionalistas a lo largo del territorio, a la vez que reprimen diariamente cualquier manifestación cultural independiente, incluyendo la expresión de la lengua hassâniya y otros elementos como las tiendas nómadas. Esto ha sido recientemente denunciado en un informe oficial firmado por el Centro Robert F. Kennedy por la Justicia & los Derechos Humanos, el Colectivo de Defensores de los Derechos Humanos Saharauis (CODESA) y la organización londinense Sandblast, entre otras organizaciones, y el cual está basado en el trabajo etnográfico de varios investigadores independientes en el Reino Unido y EEUU.

La Marcha Verde, así como muchas otras festividades marroquíes que tienen lugar cada año en el Sáhara occidental, son parte de un aparato nacionalista bien diseñado y engrasado que busca representar la cultura saharaui como intrínsecamente marroquí, y así apoyar la demanda territorial de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, y la explotación de sus recursos naturales (y, más recientemente, oportunidades turísticas). Hoy en día, 40 años de ocupación más tarde, la batalla sobre la representación cultural se ha convertido en una de las estrategias más importantes del movimiento de resistencia saharaui, con la gente luchando de forma diaria para poder ejercitar su derecho de expresión, su derecho a una cultura única e independiente, y, básicamente, su derecho a la auto-determinación.

Fuente : Violeta Ruano – música, etnomusicología y activismo cultural

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